El gallo de Chagall y la luz del amor
En mi corazón hay un pintor frustrado y esa circunstancia ha determinado mis relaciones con el mundo exterior y las ha teñido de amargura.
Quizá por eso ahora que friso la vejez sigo sola, como siempre he estado, tal vez por esa circunstancia vivo en un ático rodeada de lienzos sin terminar y pinceles embadurnados de fracasos, pero eso sí con mucha luz.
Quizá por eso cuando ya casi sesentona me ofrecieron el trabajo de vigilante nocturno en el museo Thyssen me apresuré a aceptar. Encontrar empleo a esta edad no es fácil, el trabajo a desarrollar no era difícil y además estaría rodeada de arte.
Rodeada de arte sí, pero también de más frustración, condenada a pasar el día, o mejor dicho la noche, presenciando obras de genios a los que jamás podría llegar ni a imitar. Y sin embargo algo que jamás soñé, sucedió. De repente encontré el color del amor. Todo sentimiento se ve si le aplicas las luces apropiadas.
El último bedel ya se marchó, cerró la puerta como siempre a las diez de la noche y alzó el brazo hacia la cámara exterior en señal de despedida, yo también alcé el mío, como si él también me pudiera ver. ¡Qué pocas luces!
Sólo yo quedaba dentro del museo, dentro del cuarto de seguridad de donde no saldría hasta el amanecer y desde donde controlaba todas y cada una de las obras de arte allí expuestas... expuestas en su acepción de presentadas para que sean vistas, no en la de puestas en contingencia de ser perdidas o dañadas. Nunca me ha gustado el verbo exponer por sus múltiples significados y para no gustarme siempre he estado ligada a su existencia, antes por devoción y ahora por profesión.
Los pasillos, las salas todo el museo queda con las luces apagadas; apagadas, otro adjetivo conflictivo, no me refiero a que su genio, su carácter sea sosegado o apocado, quiero decir sin luz o más exactamente con su brillo y color amortiguado, casi diluido. Las galerías quedaban quietas, solitarias, vacías, tenues de ambiguos grises y plúmbeos azules, tristes de misteriosos cobaltos y sosegados malvas.
En el teatro, cuando se apagan las luces se sube el telón y todo empieza a fluir; en un museo también, de noche, todas las noches, cuando la luz se difumina, el telón desaparece y los personajes pintados en los lienzos comienzan a fluir, a interpretarse como actores en un escenario. Dejan de ser personajes pinados en lienzos, se descongelan y dejan de ser simples imágenes estáticas, se convierten en imágenes vivas que salen de sus cuadros, cruzan traviesos la frontera de sus marcos, traspasan la línea divisoria que delimita el tiempo y los espacios, se sienten libres y danzan por los pasillos proyectando sombras difusas entre realidad y ficción. No saben que yo, con mis cámaras y mis miedos, los veo y los vigilo.
Teniendo en cuenta que sombra es por definición, una proyección oscura que un cuerpo opaco lanza en el espacio en dirección opuesta a aquella por donde viene la luz, la situación es preocupante. Si un personaje salido de un cuadro proyecta sombra y en cambio no lo reflejan las alarmas de seguridad compuestas por detectores de movimiento, ¿puede ser considerado un fantasma?
También es posible que las imágenes que recogen mis retinas sean producto de mi imaginación, de mi amarga frustración, todo es posible en las largas noches del museo.
Las paredes han quedado plagadas de paisajes vacíos y los pasillos llenos de inquietantes pinturas redivivas. Allí están, violinistas verdes abandonando los tejados para inspirar nuevas obras de Broadway, ángeles caídos que en realidad son ángeles rebeldes pues no se han caído, sino que se han apeado del reducido espacio de su lienzo 148 X 189, vacas voladoras aterrizando en el suelo sin orden ni concierto...
Una mujer descalza sale del paisaje ficticio que habita desde 1928, detrás de ella, el gallo al que ama se deshace en ocres, símbolo de fuego y sol, de vida, de sueños. Ahora pasean juntos después de estar todo el día abrazados, apoyada la cabeza de ella en la de él, resurgiendo de amor sin incertidumbres.
Una pareja de novios amarra su barca en la orilla de su río y camina, se toman de la mano, interpretan romances sin prisas y se cuentan una antigua leyenda que quizá ellos han protagonizado.
Un apuesto muchacho cristiano se enamora de la hija de un adinerado comerciante judío. Es fácil dilucidar el resto, las familias no permiten su boda, al final mueren y son sepultados, de acuerdo a su religión, uno en el cementerio cristiano y la joven lejos, al otro lado del río, en el cementerio judío.
Todas las noches el muchacho enamorado abandona su sepulcro y cruza el río con su barca en pos del amor de su adorada niña judía y juntos, navegan por las aguas del amor y la vida que en vida les negaron.
Amanece, las primeras luces del alba son la señal de alarma, el despertador que adormece en vez de despertar a los personajes dibujados. Regresa el violinista a interpretar su inestable melodía, finaliza la rebelión de los ángeles caídos y despegan los animales voladores. Por fin quietos, petrificados en sus paisajes, inmóviles en sus lienzos, hago mi ronda entre vapores de sueño y luces difusas, en el suelo voy descubriendo restos de su travesura, no han sido sueños míos, ni tampoco delirios de Chagall.
Frente al gallo lloro lágrimas de pintor envidioso por un arte que jamás alcanzaré, lloro perlas saladas de amante frustrado por ese abrazo que nunca daré.
Gotitas oleosas se adivinan por las galerías, difuminadas manchas que cambian de tono según les va afectando la luz. Huellas...
Me descalzo para no pisar ni emborronar vestigios de amor, vuelvo caminando despacio a mi sitio, sueño gallos amantes...
Termina mi turno de trabajo, salgo despacio, tengo sueño, estoy cansada y sin embargo no tengo prisa, ningún gallo me espera en mi ático impregnado de luces. El bedel me sonríe al pasar, creo reconocer el color del amor en sus ojos, o ¿habrá sido el cambio de luces del interior a la calle?
Me vuelvo a mirar y a sonreírle, no está una a estas alturas de la vida para dejar pasar... gallos, aunque sean de pelea y, me encuentro sus pupilas, otra palabra compleja, no la uso como sinónimo de prostituta, ni siquiera de perspicacia, me refiero a esas aberturas circulares de color negro que el iris del ojo tiene en su zona media para dar paso a la luz; pues bien, he descubierto esas aberturas del bedel, apuntando lascivas y brillantes directamente a mi... bueno ya saben, es que no me gusta la palabra pero es justo ahí, donde la espalda, por la frontera sur, pierde su digno nombre.
En nuestra vida todo es del color que nos traslada la luz bajo la que se mira. Los paseos nocturnos de los personajes pintados en los lienzos pueden ser interpretados bajo las luces de la cruda realidad o los brillos ambiguos de la ficción, las miradas de ciertas pupilas pueden ser, según les afecten las luces, color de deseo o color de amor.
El gallo de Chagall me ha sonreído al pasar, las luces son las apropiadas y viajo hacia ellas, he descubierto el color que me faltaban y he teñido de cian mi propia frustración.
He visto la luz.
Tema: Luz
Técnica: Texto
··········

4 comentarios:
Me parece un texto complejo. La manera con la que enlazas la historia personal y el entorno, un entorno que la protagonista inventa a su medida, se me hace un poco extraño. A veces me ha costado seguir los razonamientos de ella que traza en relación al cuadro.
Original pero díficil de seguir.
Bueno Gerardo no es tan complejo, una persona que admite una frustración aunque en realidad tiene varias y en un cuadro de Chagall, en su leyenda, en su amor, en su luz, encuentra un rayo de esperanza. Es realidad y ficción visto desde la influencia de nuestra propia luz, de nuestra propia forma de mirar la vida... o el cuadro de Chagall.
Hola Ángel!Por fin llegó el momento de leer el texto de mi escritor favorito.Y ahora mi comentario: He leído lo que te ha escrito Gerardo y a mí lo que me ha pasado es que me ha costado seguir la lectura porque hay mucha literatura. Me explico. Este texto es complejo desde el punto de vista literario con respecto a la última lectura de sombras. Hay que leer muy detenidamente y prestar mucha atención para leer el mensaje subliminal de cada oración. Hay está la verdadera literatura del buen escritor.
He de destacar de la lectura, el final. Los tres últimos párrafos, y qué decir de la última frase. Desde mi humilde punto de vista como lectora , lo último ha sido para mí como el chal de seda que envuelve y embellece a la princesa con sutil movimiento.
En conclusión, ¡estás hecho un filósofo poético de la vida! Y eso es muy difícil de conseguir.
Mi enhorabuena!
Saludos, Elena Laguno
Hola Elena. Pues llego tarde a tu comentario pero llego. Gracias por tus lecturas, por tu comentario y tus halagos.
Este relato es más complejo sí, por eso he tratado de reducirlo en extensión, por lo general la lectura que nos exige concentración e ir descifrnado pistas nos cansa.
Los últimos párrafos que destacas son los principales, en ellos se resuelve el enigma pero el lector tiene que encontrar su propio color, su propia luz. Yo he tratado de dibujar una persona con diversas frustraciones, reconoce una de ellas pero precisamente la menos importante puesto que la olvida cuando resuelve otra de ellas. El gallo de Chagall le sonrie y lo demás, ya no importa.
Pues tengo que decirte que a mí me ha impresionado una de tus frases, esa comparación: "Lo último ha sido para mí como el chal de seda que envuelve y embellece a la princesa con sutil movimiento". Preciosa frase digna de una gran escritora.
Besos Elena y otra vez gracias.
Publicar un comentario en la entrada