Autor: Gerardo Martín Pujante
Tema: A day with you
Técnica: Ilustración a lápiz + maquetación digital
Realización: Mayo 2012
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Blog de creatividad artística & actualidad cultural


El casero siempre llama dos veces
Y es tarde también para mí, el accidente me costó la vida, otra más de mis siete vidas, al final será cierta esa creencia esotérica y supersticiosa que nos concede a cada uno de nosotros siete existencias.
Son siete los días de la semana, los siete mares, los siete colores del arco iris. Siete son los sacramentos, los siete pecados capitales, las siete maravillas del mundo, las siete notas musicales y los siete enanitos de Blancanieves. ¿Por qué no iba yo a tener, como todos los demás, siete vidas? De hecho ya he quemado seis, ésta, la actual, la que disfruto y vivo ahora, es, si no he perdido la cuenta y mi cálculo no me engaña, la última y definitiva. Y voy a aprovecharla a conciencia, no me queda casi nada por hacer, sólo una hazaña tengo pendiente, torturar a Fran incluso en la cárcel.
Como todos los días me dispongo a visitarle en su celda. Me cuelo por donde siempre, paseo impunemente por los pasillos y corredores hasta que uno de los guardias sale a mi encuentro. Me saluda.
_ Buenas tardes Sombra, ¿otra vez por aquí?
Todos me llaman Sombra, debe ser por mi pelo completamente negro, o quizá por el futuro oscuro que le espera a Fran, mi único familiar vivo y para siempre a la “sombra”. No sé cuál de los guardias me lo puso pero me gusta el nombre, aunque debo reconocer sinceramente que me gustaba más el anterior, tal vez porque lo recuerdo pronunciado por los dulces labios carnosos y sensuales de Cora. No me lo adjudicó ella, fue aquél otro novio que tuvo, no recuerdo como se llamaba, el melenudo, el único que amó, el que dejó para casarse con el dinero de Nick. Me bautizó con el nombre del grupo musical donde tocaba la guitarra, Viceversa, un poco absurdo pero siempre mejor que Micifuz, Silvestre, Tigrecito o similares. El que no me gusta nada es el nombre que me puso Fran, no, ése no me gusta, es despectivo, se percibe su odio.
A diferencia del guitarrista melenudo que me adoraba, Fran siempre me ha odiado. Aunque el sentimiento fue recíproco, es decir yo también lo odiaba a él con mis siete almas. De todos modos, a pesar de nuestras diferencias, yo siempre le llamé a él por su nombre, jamás se me ocurrió decirle “Puto hombre”, por eso no me gusta cuando me llama “Puto gato”.
_ ¡Guardia venga a la celda! Ya esta aquí otra vez este puto gato.
Se desgañita jurando y perjurando que toda la culpa es mía, que fui yo el culpable, que yo provoqué el accidente. Se deja la garganta, se rompe la voz chillando que yo le ataqué, que arañé sus ojos, que mordí sus manos para hacerle perder el control del coche y yo, me mondo de la risa cuando los guardias le contestan.
_ ¡Fran cálmate!, es sólo el gato de tu amada, se ha quedado solo, eres su única familia, es normal que venga a visitarte. No tengas tan mala sombra.
_ No es mi familia, es el asesino de Cora ¿no lo entienden? ¡Ese puto gato sólo viene a reírse de mi desgracia!
¡Qué divertido, dedicar en exclusiva mi última vida a amargarle la vida!
¡Qué divertido llenar sus días de carcajadas, de Sombra y Viceversa!
El casero siempre llama dos veces
Y sin embargo yo no había olvidado nada, tengo muy buena memoria y recuerdo lo sucedido a la perfección aunque aconteciera en mi otra vida.
No puedo soportar ver a este imbécil con Cora, no puedo ver a mi dueña en brazos de un asesino aunque la haya liberado de alguien a quien ella nunca quiso. Tampoco creo que ame a Fran, no, estoy seguro, no es amor, es simplemente sexo o necesidad de percibir más dinero.
No pude declarar en el juicio, claro es normal, ¿cómo iban a permitirme hacerlo? A mí, a un pobre diablo. Fui el único testigo de lo sucedido pero siempre tendría que permanecer callado, siempre debería vivir con el secreto mordiéndome las entrañas.
No, no podría confesar jamás y sin embargo, también yo había tomado una decisión. Cora será mía o de nadie, no permitiré que siga conviviendo con un asesino.
Y así un buen día llegó mi oportunidad, llegó el momento propicio, iban a realizar juntos los dos un trayecto en coche hasta un pueblo vecino para hacer unas compras y yo, me colé como hacía casi siempre. Fran conducía, siempre era el quien conducía, yo abandoné mi escondite, dejé de ser polizón para ser pasajero y mimoso, rocé el tibio hombro de Cora.
_ Hola amigo- dijo abrazándome, sorprendida de verme pero contenta de mi aparición-, has decidido acompañarnos, bien, así será más interesante.
_ No veo yo el interés-, dijo Fran que jamás se alegraba de verme y fijó sus ojos en los míos mientras me chillaba-, ¡al contrario, eres un auténtico estorbo!
No pude contenerme, no pude aguardar más, ¡tranquila Cora yo te libraré de este imbécil!, pensé mientras sucumbiendo a mi impulso me abalanzaba sobre él.
Arañé su rostro con todas mis fuerzas, clavé mis uñas en sus ojos, mordí sus manos para obligarle a soltar el volante. Sus alaridos de dolor superaron en decibelios los gritos de sorpresa de Cora y se elevaron incluso por encima de mis gruñidos de desesperación.
El volantazo desesperado de Fran nos sacó de la carretera, el muy imbécil en vez de girar a su izquierda lo hizo a la derecha, hacia el lado de Cora y, esa absurda maniobra suya nos precipitó por el barranco, seguro que lo hizo adrede, para que el peor golpe se lo llevara Cora, para salvar su asqueroso culo.
Finalmente Cora no sería mía, no sería de nadie. Fran sobrevivió, ya saben, mala hierba…
Cora murió en el acto, al menos sé que no sufrió y también que no comprendió lo que pasaba.
Yo salí despedido en la primera vuelta de campana, me golpeé contra las rocas, creo que morí al instante porque no recuerdo haber sufrido.
Fran tardó mucho tiempo en recuperarse de sus heridas y cuando por fin salió del hospital se llevó la sorpresa de su vida. ¡Qué satisfacción experimenté al ver su cara! No pude contener la risa cuando la policía lo detuvo acusándole de provocar el accidente para asesinar a Cora.
Lo declararon culpable, qué curiosa la justicia de los hombres, cuando era culpable lo liberaron y, ahora, inocente, no obstante, encarcelado. Lo tenía merecido y Cora, aunque me apena su muerte, también merecía un castigo, si hubiera existido un onceavo mandamiento ellos también lo hubieran incumplido.
Ahora es tarde para arrepentimientos. Las sombras han cubierto el escenario, ya no hay viceversa, es muy tarde ya.
Continuará.
El casero siempre llama dos veces
En ese inoportuno instante llegué yo, imprudente, curioso, inconsciente, sin llamar dos veces, sin llamar, casi sin hacer sombra.
La escena era ridícula, me hubiera reído de buena gana si no hubiera formado yo parte de ella. Cora en pie, junto al borde de la mesa, desnuda, con las piernas muy juntas tratando de esconder sus vergüenzas con la siniestra, en la mano diestra un cuchillo enorme y en su rostro una expresión agresiva, a pesar de todo bella, inmensamente atractiva.
Fran de pie manteniendo el equilibrio a duras penas, a penas duras, los pantalones enredados con sus zapatos, sin camisa, envuelto en sudor y con su miembro bailando la danza del absurdo; patético, inmensamente lamentable.
Nick de espaldas a mí, por encima de su barriga fofa una escopeta, por debajo unos calzones de corazones de un mal gusto reprobable, extravagante; la antítesis del deseo, inmensamente desagradable.
Mi llegada inesperada les sobresaltó a los tres, todos se volvieron a mirarme, todos apuntaron sus armas hacia donde yo me hallaba y ese gesto fue el que ahogó mi risa y despertó mi miedo.
De repente se escuchó un disparo, una bala me partió el pecho y una fuerza terrible me propulsó contra la pared a unos metros de donde me hallaba. Mi sangre tiñó de tragedia algunas baldosas del pasillo.
Fran no aguardó más acontecimientos, lo vi desde el suelo donde quedé inmóvil aunque con los ojos abiertos. Se abalanzó sobre Nick y sin permitir reacción alguna le clavó las tijeras en el pecho. El ruido fue horrible, como cuando cae un melón al suelo y estalla; la cara de sorpresa del agredido una mueca terrorífica, como cuando te pisa el pasajero más obeso del autobús y te hace polvo el juanete. El corazón se lo habían partido, primero al descubrir la traición de su esposa, después al hincarse las tijeras en su pecho. Cayó estrepitosamente. Estrepitosamente muerto. Pasó a mejor vida sin viceversa.
_ Estás loco, le has matado.
_ Pues claro que lo he matado ¿acaso pretendías esperar a que nos matara él a nosotros? Mira lo que le ha hecho a ése desgraciado- dijo enfadado, excitado y señalándome a mí con su dedo tembloroso.
_ Y ahora ¿qué hacemos? Irás a la cárcel, nos juzgarán.
_ No pasará nada, limpiaremos las tijeras quitando mis huellas, tu las cogerás poniendo las tuyas y declararemos que tras sufrir un arrebato de celos y de golpearme a mí en la cabeza, Nick trató de matarte con la escopeta; el primer disparo fue fallido y el segundo alcanzó a ése,- de nuevo me señaló con el dedo tembloroso y me llamó “ése” ¿acaso no sabía cómo me llamaba? No, probablemente no lo sabía-, antes de que pudiera hacer un tercero te defendiste, no querías matarlo pero no supiste calcular dónde le asestabas el golpe. Yo corroboraré todas tus palabras con mis palabras y con la herida de mi cabeza, te declararán inocente, fue en defensa propia, quedaremos los dos en libertad y además nos hemos librado de la pesada carga de tu esposo, viviremos juntos y felices por siempre Cora.
No se preocuparon de mí en ningún instante, no me auxiliaron, ni me miraron y, eso me dolió más que la herida, como si yo no estuviera, como si yo no hubiera recibido un disparo y lo peor de todo fue que el plan de Fran tuvo éxito, todo ocurrió como el lo había dicho, exculparon a Cora, se libraron de la molesta presencia de Nick, con quien Cora se había casado por dinero y al poco tiempo iniciaron una vida juntos.
Se olvidaron de todo, del marido muerto; del inquilino asesinado, a la sazón el mismo; del homicidio; del inherente juicio; de las sombras que los acechaban y, lo que más me dolió, más incluso que la propia muerte; se olvidaron incluso de mí… de viceversa…
Continuará.
El casero siempre llama dos veces
Quinta sombra: La sombra de una duda razonable
_ ¡Qué significa esto!- gritó de nuevo Nick al tiempo que con su diestra cogía por los hombros a Fran y lo zarandeaba-, ¿qué haces con mi mujer?
Fran perdió el equilibrio, los pantalones trababan sus tobillos, no pudo apoyarse, trastabillo y cayó estrepitosamente golpeándose con la cabeza en el suelo, el golpe lo dejó ligeramente aturdido, sin embargo distinguió el tacto frío del filo de unas tijeras junto a su mano diestra.
_ ¡Qué haces con mi mujer no! ¡Imbécil!- dijo Cora con un ronquido ahogado y forzando el llanto-. Lo correcto es preguntar qué le haces a mi mujer, no ves que me está… me está…él me ha…
_ ¡Maldito bastardo!- exclamó Nick comprendiendo la situación o, creyendo comprender la situación o, viceversa y, mientras continuaba hablando, el punto de mira de la escopeta se instalaba en el cuerpo del casero- Dime qué le has hecho a Cora antes de que te pegue un tiro.
Fran estaba ligeramente aturdido por el golpe pero comprendió en seguida la situación: su inquilino creía que él… Cora le había dicho a su marido que él… y por culpa de esa sucia mentira ahora él estaba a punto de…
_ No le he hecho nada-, gritó en su defensa para después, atiplando la voz añadir-, bueno nada que ella no quisiera que le hiciera, se me insinuó, estaba desnuda y me provocó, hasta limpió la mesa para estar más cómoda, yo no soy de piedra…
De nuevo la escopeta cambió de diana y se dirigió a las curvas de Cora que seguía sentada sobre la mesa y con el cuchillo en la mano.
_ ¿Tú le provocaste? ¿Te mostraste desnuda al casero y te insinuaste? Entonces eres tú la que debe morir.
_ Le crees a él y no a mí, ¿estás ciego?, mira ahí en el suelo las bragas rotas, los cubiertos, en el forcejeo hemos tirado la vajilla de la mesa, con mucho esfuerzo he podido coger el cuchillo y estaba intentando clavárselo para librarme de su acoso pero él me sujetaba la mano, ¿acaso no lo has visto?
Fran se levantó con ímpetu y casi volvió a caer, se sentía ridículo con los pantalones por los tobillos, con su miembro a la intemperie oscilando alicaído tras el esfuerzo y el susto y, asiendo las tijeras con su mano diestra como si fuera una costurera vilipendiada.
_ No ha habido forcejeo, ella tiró al suelo los objetos de la mesa, prefería hacerlo sobre el mantel y no apoyada en los azulejos fríos de la pared.
Nick también se sentía ridículo, en calzoncillos, eligiendo blanco o diana, táchese el que no proceda, armado con una escopeta que ni sabía con certeza si estaba o no cargada y con una gigantesca resaca que le impedía razonar y sólo le producía sombras y dudas y viceversa.
_ No sé a cuál de los dos voy a matar primero- movió la escopeta de un lado a otro, de izquierda a derecha, de la diana al blanco, de la mujer al hombre y viceversa-, a la zorra o al violador, al bastardo o a la ramera…
Cora también se sentía ridícula, desnuda, insatisfecha, sentada en el borde de la mesa aunque cruzando las piernas pudibunda, aferrada al cuchillo… al menos la resaca se había evaporado con tantas y tan variadas emociones.
_ Encima de ultrajada tengo que aguantar ser insultada y tendré suerte si no soy asesinada.
Nick sufrió un escalofrío, la resaca, su desnudez, las palabras de su mujer o una mezcla explosiva de todas esas circunstancias le hicieron temblar y, como consecuencia de esa contracción, sus dedos adoleciendo gafedad, torpes, engarabitados, se enredaron con el disparador. Afortunadamente la escopeta no estaba cargada y sonó un click en vez de un bang. A pesar de eso o precisamente por ello Cora palideció.
_ Has apretado el gatillo, has querido matarme- dijo incrédula porque su marido hubiera sido capaz de dispararle y porque a pesar de todo la suerte la mantenía viva. Y se puso en pie amenazándole con el cuchillo.
_ Has dicho que te he violado-, decía Fran indignado mientras amenazaba a su amante con las tijeras-, ¿cómo has podido hacerlo después de ofrecerte de forma descarada y pedirme que te besara?
_ Has roto mi matrimonio, he estado a punto de matar a mi esposa- adujo Nick apuntando de nuevo al casero e introduciendo un cartucho en la recámara, ahora sí estaba cargada, si pulsaba el disparador no habría vuelta atrás, viaje de ida sin viceversa.
Continuará.