viernes, 26 de marzo de 2010

Mar ::: Javier Valls

ESPUMA DE MAR

Javier Valls

El cielo se había licuado y se precipitaba, pertinaz, sobre la isla. La primavera se estaba eternizando aquel año, sin querer dejar paso al estío, el anhelado verano, que se veía postergado por la extravagancia de una naturaleza caprichosa y no siempre puntual a sus citas. Privados de la línea del horizonte, que quedaba tras la densa cortina de agua, cielo y mar eran uno. Cielo gris, plomizo; mar gris, opaco. ¿Dónde estaba el sol? ¿Brillaría en algún lugar? ¿Seguiría existiendo? El encanto de la primavera estriba en su condición de preludio estival; cuando actúa como prolongación del invierno puede resultar odiosa.

La lluvia era absorbida por la arena, cuando ya millones de gotas habían dejado su impronta en ella, dándole aspecto de no haber sido hollada jamás. ¿Has paseado alguna vez por la playa en pleno aguacero? Es el sonido del fin del mundo, agua sobre agua, y detrás nada, silencio absoluto. Y por más que te esfuerces, aunque te esté mojando los pies, no puedes escuchar el mar, tienes que recurrir a la caracola.

“¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva...! ¡Que sí! ¡Que no! ¡Que caiga un chaparrón...! No por favor, Virgen de la Cueva, te lo suplico, haz que deje de llover, que los pajaritos canten, que las nubes se levanten...”, pensaba Álvaro apostado en la ventana de su cuarto. Apenas podía ver el mar a su través, de un lado empañada por su propio vaho, del otro surcados los cristales por regueros de agua.

Aquel curso había trabajado duro, había sacado buenas notas, ¿por qué, entonces, se le castigaba de ese modo? Había transcurrido casi una semana desde que acabaron las clases, los días iban pasando, y todavía tenía las vacaciones por estrenar. Solamente salía a la calle para cumplimentar los encargos de sus padres: “Álvaro, tráete dos hogazas y un pan sin sal para el abuelo. Y que no se te olviden un bollo y una chocolatina para tu merienda”. “Álvaro, hijo, acércate al estanco a por picadura, que se me está acabando. Toma, cómprate caramelos con las vueltas”, “Álvaro, cariño...”

Estaba ya harto de tanta televisión y cansado de jugar solo; su amigo Andrés estaba pasando la varicela y tardaría varios días en poder salir. Le visitó un par de veces, puesto que él ya no corría peligro de contagio, pero el pobre tenia tanta fiebre que estaba como idiotizado. Y Ana todavía no había llegado. Se aburría tanto que llegó a añorar el colegio. Había completado un puzzle de mil piezas, y recortado y pegado dos maquetas de papel. Solamente le quedaban sus libros de aventuras en lugares remotos (y casi siempre soleados), para evadirse de aquel triste pasar el tiempo. Si al menos, en lugar de aquella lluvia sosa, hubiese temporal, podría bajar a la playa a buscar conchas, estrellas, corales, madera de deriva y fascinantes trozos de cristal que el mar habría bruñido sólo para él. Incluso a veces, tras una buena tempestad, salía con su padre y su abuelo a recolectar sepias y algún que otro pulpo que la fuerza de la resaca había expulsado del agua.

Tenía ganas de ver a Ana; ya no tardaría en llegar, ¡yupi! Desde que nació, Ana pasaba todos los veranos en la isla, en la casa de sus abuelos maternos. Normalmente venía también en Navidad y en Pascua, mas esta vez los acontecimientos se habían aliado en su contra. Poco antes de las fiestas navideñas había fallecido su abuela de allá, y no pudieron venir por el luto, y en los días previos a la Semana Santa, fue ella la que se rompió una pierna, al subir a un moral para coger hojas con que alimentar a sus gusanos de seda.

Por suerte, sostenían una correspondencia bastante regular que les mantenía en contacto. Cuando recibían carta de ella, se reunían él y Andrés y le escribían conjuntamente, unas líneas cada uno, en una exposición de hechos e intenciones ingenua como la confesión de un niño al sacerdote. Algunas veces le metían un chicle o un paquete de magnesia dentro del sobre; otras, cromos, dibujos o planos de tesoros que habían enterrado especialmente para ella, y que tendría que encontrar a su regreso. Eran tesoros de canicas, piñas, encendedores vacíos, bombillas fundidas y chapas de botellas, que iban recolectando pacientemente durante todo el año. ‘Mamá, cuando se te acabe ese carrete de hilo me lo das, ¿vale?’, “Papá, ¿me puedo llevar esta tuerca tan chula?, “Abuelo, ¿me das...?” Pedacitos de imán, plumas de gaviota, carteritas de cerillas de las que daban en los bares o hermosos y relucientes caparazones de escarabajos que hubieran pasado a mejor vida, todo iba a parar a las cajas de lata del Cola-Cao que hacían las veces de cofre...

¡Vaya! Parecía que por fin escampaba. Gotas de sol se mezclaban con las gotas de lluvia y los relámpagos de tormenta eran sustituidos por rayos de luz. Caracol, col, col, saca tus cuernos al sol... Volvía la vida y los truenos se tornaron trinos, se oía suave el oleaje y alborozado el bullir del pueblo que salía de su letargo. El humo ya no se estancaba en los terrados y los tejados, en balcones y callejas, formando aquella niebla acre difícil de respirar. Fluía, huía de las chimeneas directo hacia el cielo, ascendiendo en columnas tan rectas como si en vez de subir, cayera en picado, y el sol, recién puesto en mitad del cielo, empezaba a secar el mundo. Las gaviotas se posaban estridentes en la playa, entre graznidos y conatos de peleas que quedaban en nada, riñas de comadres, rebuscando entre las algas algo que llevarse al buche: pececillos, cangrejos, cualquier cosa susceptible de ser digerida con que la marea les hubiese obsequiado. Las gaviotas siempre prefieren que alguien pesque para ellas, por eso acompañan a los pescadores en su regreso a puerto.

Álvaro corrió a la orilla del mar, sediento de libertad, y las pusilánimes aves revolotearon para posarse unos metros más allá. Se hizo con algunos guijarros planos, que lanzaba al agua haciéndolos rebotar, tres, cuatro, ¡cinco veces! Encontró erizos, esponjas naturales y sintéticas, tomates de mar y un zapato con la suela despegada, nada con que pudiera engrosar sus tesoros. Aspiró profundamente con los ojos cerrados, alzando la cabeza hasta que su nariz quedó perpendicular al cielo. Al abrirlos algo hizo que los abriese todavía más: un deslumbrante arco iris con los colores más intensos que había contemplado jamás. Se quedó mirándolo, fascinado. Él sabia que el arco iris era un fenómeno físico, lo había estudiado en clase; refracción de la luz, sin más, por más que su lado romántico no podía evitar verlo como presagio de buenos augurios.

—¡Eh! Que te vas a caer de culo...

¡Lo sabía! Sabía que el arco iris no lo podía engañar. Se giró en redondo y echó a correr en dirección a la voz con los brazos abiertos.

—¡Ana! Aaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh! —gritaba mientras corría.

Llegó hasta donde estaba ella y, sin aminorar la carrera, se le tiró en plancha. Cayeron juntos al suelo, riendo, y rodaron abrazados por la arena mojada, que se les quedó pegada al pelo y a la ropa. Tras varias vueltas y forcejeos, Álvaro quedó tendido boca arriba con Ana sentada a horcajadas sobre su estómago y sujetándole los brazos con aire triunfal.

—Te dije que algún día te ganaría, chaval.

Él todavía no salía de su asombro. Le había vencido aquella enana mocosa de trenzas largas y prietas y lo tenía allí, sometido. Hizo un esfuerzo por soltarse, deseando que nadie hubiese sido testigo de aquella humillación, pero ella lo atenazaba firmemente. Desde aquella posición pudo ver que la enana ya no lo era tanto; el tiempo que había pasado desde el último verano había obrado en ella algunos cambios que resultaban, cuanto menos, turbadores. Las trenzas eran ahora una melena lacia y brillante, sujeta por una diadema y había desaparecido la ortodoncia, dejando ver unos perfectos y blanquísimos dientes. No recordaba que sus labios fueran tan carnosos y, donde antes no había nada, despuntaban ahora dos inesperados pechos ¡de chica! Se abrieron las nubes dando paso al sol que, situado detrás de Ana, le confería un aura dorada y luminosa que cegaba a Álvaro y le obligó a entrecerrar los ojos.

—Está bien, me rindo —concedió él de mala gana. —Tú ganas... ¡Deja que me levante, que no veo nada!

Ana lo liberó y ambos se pusieron en pie, pudiendo así comprobar Álvaro que ella, siempre de estatura inferior a la suya, era ahora de su misma alzada.

—Has crecido, enana.

—Tú también —dijo ella, sacudiéndose la ropa.

—Tú más; me has alcanzado.

—Ahora ya estamos en igualdad de condiciones, abusón.

Y diciendo esto, le dio un empujón y huyó a la carrera, chillando de miedo y excitación, y segura de que él la seguiría. Efectivamente, Álvaro se lanzó en su persecución y, como no podía alcanzarla, se abalanzó a sus pies como se tiran los porteros de fútbol para parar los balones. Consiguió agarrarla de un tobillo y ella cayó de bruces, riendo y jadeando a un tiempo. Se sentaron en la posición birmana, rebozados de nuevo en arena y él, con el orgullo de haber podido mantener su supremacía, le dijo:

—¿Lo ves? Todavía puedo contigo, enana.

—Es porque me he dejado —contestó ella haciendo una mueca burlona.

—Si, sí, ya... Bueno, ¿cuándo has vuelto? ¿Por qué no has venido a verme antes?

—He llegado esta mañana, y cuando os iba a ir a buscar a Andrés y a ti, mi abuela me ha dicho que con aquel diluvio ni soñara con salir a ninguna parte. En cuanto ha dejado de llover he escapado de casa disparada. Sabía que te encontraría aquí.

—Sí. Tenía muchas ganas de verte. Además, Andrés está con la varicela y no puede salir. Me estaba aburriendo como una ostra, pero ahora ya estás aquí...

De pronto, sin saber por qué, en una de esas ocasiones en que la lengua es más veloz que la mente, dijo:

—Estás muy guapa.

Dicho esto, se puso violentamente rojo. No sabía qué le había impulsado a hacerlo. Las niñas del pueblo llamaban ‘chicote’ a Ana, porque siempre iba con Álvaro y Andrés (el equipo A, se autodenominaban) y no quería jugar con ellas, y la verdad era que él mismo no disentía mucho de aquella opinión. Sin embargo, ahora estaba pensando en su “amigo” Ana en términos de hermosura. Inconcebible. Ella, sonrojada también por lo inesperado de aquella declaración, le mandó callar.

No obstante, no se le había pasado por alto la transformación que había convertido al Álvaro niño en un muchacho al que no podía evitar mirar de otra forma. Para salir de aquella situación embarazosa, desvió la conversación hacia temas más inocuos. Mientras construían un castillo de arena, estuvieron hablando de todas las cosas que les habían ocurrido en el último año. Lanzaron piedras al mar, compitiendo por ver quién llegaba más lejos, hicieron guerra de arena, pasearon descalzos por el agua, se contaron películas y chistes, y se rieron tanto que la risa les dolía. El cielo ya era azul y el mar, que tomaba su color de aquel, también. Y ellos habían vuelto a ser los de antes, los de siempre.

Al día siguiente. Álvaro volvió a visitar a Andrés.

—Ana ha llegado ya, y me ha dicho que te diga que no podrá venir a verte porque ella no ha pasado la varicela. Toma, me ha encargado que te dé estos tebeos para que no te aburras tanto. ¿Cómo estás hoy?

—Me encuentro mejor —le respondió Andrés —, aunque el médico dice que todavía tardaré por lo menos una semana en salir, para no ir contagiando a todo el mundo. Claro, como no se tiene que quedar él en casa.

Álvaro, sorprendido de su propia mezquindad, se alegró secretamente. Podría estar a solas con Ana. Cuando se encontró con ella el sol ya calentaba con todo el rigor del verano. Las enciclopedias definen al mediterráneo como un clima suave de inviernos templados y veranos cálidos, eso dicen. Lo cierto es que es extremadamente autoritario y brusco en sus cambios. Habían pasado repentinamente de una primavera aterida, a la canícula excesiva de calma chicha y sol cegador en la cal de las casas. Tras las lluvias la playa se llenó de sombrillas, como si de setas multicolores se tratara. Se abrían de par en par los balcones de las casas, y las terrazas del paseo, y se bajaban toldos y persianas. A la hora de la siesta moría el pueblo.

Pasaron los primeros días de bonanza disfrutando de la novedad del encuentro, entre baños, juegos y competiciones de todo tipo. Robaban brevas, que saboreaban a pie de higuera, almendras que cascaban con piedras y uvas tan dulces que escocían en la garganta. Escribían mensajes y los metían en botellas que lanzaban al mar, observaban fascinados a los escarabajos peloteros en sus menesteres y cogían higos chumbos ayudándose de ramas en horquilla. Los abrían con la vieja navaja de pescador que había regalado a Álvaro su abuelo, y comían con deleite la pulpa jugosa y exquisita. El sol iba tostando su piel y Ana tenía ya la nariz salpicada de sus pecas características.

Había una zona de la playa donde solían jugar, junto a la desembocadura de lo que ellos llamaban “el río”, y que en realidad no era más que un torrente que sólo traía agua en época de lluvias. El resto del año, el lecho pedregoso bordeado de cañas y pinos se mantenía seco, y en él campaban a sus anchas adelfas, jaras y zarzas, feraces ese año por la abundancia de lluvias. Era una zona rocosa que no frecuentaban los bañistas. Junto a la desembocadura había, varados en la arena, tres grandes botes de los que se utilizaban con anterioridad a la construcción del puerto para embarcar naranjas en los cargueros extranjeros que fondeaban en la bahía. Álvaro había visto las fotos de su abuelo a bordo de aquellos botes que eran tirados por bueyes para sacarlos del agua. Aunque se caían de viejos, dos de ellos estaban aún dispuestos como si fueran a hacerse a la mar. El tercero estaba boca abajo, escorado a un lado. Allí jugaban ellos a contrabandistas, aventureros y corsarios, incluida Ana, que nunca consintió en ser una princesa en apuros.

Un día decidieron explorar “el río”. Lo iban remontando saltando de roca en roca, se detenían en las charcas para observar a los renacuajos y cazar libélulas, y se comían las zarzamoras maduras que encontraban a su paso. Esa mañana no había amanecido muy clara, y el cielo se fue cubriendo paulatinamente de nubarrones de color de “panza de burra”, como llamaba el abuelo a las nubes de tormenta. Sintieron una ráfaga de viento frío, presagio de la inminencia del chubasco. El olor a tierra mojada precedió a las primeras gotas, lo que les hizo tomar apresuradamente el camino de regreso que, dado lo abrupto del terreno, no era fácil. Comenzó a caer un chaparrón como sólo allí sabía hacerlo y, para cuando se quisieron dar cuenta ya estaban empapados de agua. No es que a ellos les importase demasiado, lo que ocurría era que en casa les regañaban si volvían con la ropa mojada, cosa bastante habitual, por otra parte. Siguieron corriendo y llegaban casi a la playa cuando un furibundo pedrisco ametralló el mundo. Se refugiaron a toda prisa bajo el bote volcado. La lancha era grande y formaba una bóveda espaciosa que les permitía estar sentados en la arena, que allí debajo se mantenía seca.

—Duelen, ¿eh? —preguntó Álvaro, refiriéndose o las grandes piedras de granizo que golpeaban el casco de la lancha, atronando sus oídos. Sacó la mano y cogió un puñado de ellas.

—Mira, parecen nueces.

—Sí. Se me va a llenar la cabeza de chichones —contestó Ana riendo entrecortadamente por la fatiga.

—Y nos hemos calado hasta los huesos...

Ana asintió con la cabeza. Pese a la carrera, estaba tiritando, y frotándose los brazos con ambas manos dijo, en tanto que se arrimaba a Álvaro:

—Tengo mucho frío.

Él la abrazó con un abrazo grande, para darle el calor que ella necesitaba, y se mantuvieron así durante un buen rato. Su ropa empezaba a secarse entre nubecillas de vapor. Ana siguió temblando durante un rato. Ninguno de los dos hablaba. Al fin se le distendieron los músculos, rígidos por la tiritona, y pudo respirar hondo, mas no hizo nada por salir del cerco formado por los brazos y el pecho de Álvaro. Allí, en aquel útero protector, se sentía bien, estaba relajada, al amparo de aquel navío que ahora navegaba del revés, abrigada por su amigo. Ambos estaban experimentando sensaciones ni siquiera imaginadas hasta entonces. Se les agolpaban en la mente preguntas con nuevos enunciados, aunque ninguno de los dos se atrevió a decir nada, por temor a romper el hechizo. Él notó el relax que experimentó el cuerpo de Ana, pero tampoco deshizo el abrazo. Sentía ahora la calidez que despedía su cuerpo, el aroma limpio de su pelo mojado, y sentía que quería estar siempre así; sentía... no sabia qué era lo que sentía, sólo sabía que no quería dejar de sentirlo. Tímidamente, acercó su boca a la de ella, y la besó. Fue un beso ingenuo y torpe. Y ella le devolvió el beso. Un beso tierno y limpio, blanco y fresco... como la espuma de mar. Y el abrazo se hizo mutuo.

8 comentarios:

Gerardo Martín Pujante dijo...

Es un relato hermoso como una puesta de sol, lleno de momentos mágicos que uno vive con intensidad.

Maravillosa la exposición que haces, como muestras el cambio, la transición de una relación de amistad entre dos niños a una sensación extraña entre los dos.

Gracias por escribir algo tan bello.

CumbresBlogrrascosas dijo...

Gracias a ti por leerlo y por el elogio que me brindas. Por un sólo lector agradecido, vale la pena el esfuerzo de escribir.

Gracias, Gerardo. Un abrazo.

··· Colectivo TocArte ··· dijo...

Javier, que puedo decirte que no te haya dicho antes. Un cuento espontáneo,fresco,real.He recordado los primeros veranos en mi pueblo,y eso que no hay mar,pero ese chico,las miradas,los sentimientos,el olor en el aire a juventud,( que siempre consigues describir los olores como nadie),tantas experiencias parecidas,risas,peleas. Fantástico,Javier!!! verdaderamente,natural y fresco. Cosa que como hemos hablado,es difícil,de escribir.
Gracias,y espero no dejes de escribir nunca.


Elen.

CumbresBlogrrascosas dijo...

Eso espero, Elen, no dejar de hacerlo nunca.

Beso.

Ángel Utrillas dijo...

Interesante este mar que desemboca en amor. Afortunadamente siempre, por larga que sea la tormenta, termina escampando.

CumbresBlogrrascosas dijo...

Bueno, el amor ya estaba ahí, en estado latente, y la tormenta fue el catalizador que lo reveló, aunque supongo que la naturaleza también colaboraría aportando un cóctel de hormonas explosivo.

Un abrazo.

ANA DAVELE dijo...

AMOR, MAR, BESO, TORMENTA, SAL, ARENA.....

¡¡¡MARAVILLOSO!!!

Y NO HARÉ MÁS COMENTARIOS. BESO!

CumbresBlogrrascosas dijo...

¿Para qué más, si con una sola palabra ya me has alegrado el día?

Beso.