miércoles, 20 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
Libertad ::: Javier Valls
ESCLAVO DE LA LIBERTAD
—Ahora eres libre de amarme; no hay nada que te lo impida.
—¿Libre? No. Si te amo, dejaré de serlo.
—¿Y antepones la libertad al amor?
—¿Cómo puedo amar las cuerdas que me atan?
—¿Que te atan? ¿Acaso te sojuzgo? Te doy toda la libertad que quieres.
—No puedes darme lo que ya es mío; mi libertad no te pertenece.
—No se puede vivir sin amor.
—No se puede vivir sin libertad
—Mucha gente lo hace.
—También viven sin amor.
—Pero, la libertad no es más que una quimera.
—Y el amor no es más que un yugo.
—Pero no puedes renunciar a todas las demás cosas en nombre de la libertad. Eso sería como huir de tu propia vida, de lo que te es dado, de todas las posibilidades de elección.
—Yo ya he hecho mi elección.
—Si no eres esclavo del amor, lo serás de cualquier otra cosa.
—Sí, seré esclavo de mi libertad.
Tema: Libertad
Título: "Esclavo de la libertad"
Técnica: Texto
Realización: Octubre 2010
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viernes, 26 de marzo de 2010
Mar ::: Javier Valls
Javier Valls Borja
Y allí estaba de nuevo, de pie frente al mar, las piernas abiertas, los brazos cruzados y el mentón adelantado, desafiante, sus ojos encendidos de sol poniente. Esos ojos que habían paseado tantas veces sobre la línea del horizonte preguntándose qué habría más allá, al otro lado de ese mar que se interponía entre su playa y el mundo. Estaba seguro que ese mundo era mucho más luminoso y brillante, pese a la infinita luz que invadía el suyo, pese a los destellos del agua que le obligaban a entornar los párpados, pese a los días azules. Y consiguió cruzar el mar, y vio que allí la luz era mate, el brillo artificial, los días, grises. Imaginó que los aromas eran allí más profundos, los sabores más intensos, las personas fascinantes... Y cruzó el mar, y olió la profunda nostalgia, saboreó la intensa soledad y vio que las personas eran un bien escaso entre la gente. Si, lo cruzó; contra todo y contra todos... dejando atrás su playa, su isla, su cosmos, con tanto orgullo en su equipaje que no le permitió volver, ni siquiera en los momentos más bajos, hasta que hubo pasado la vida.
Regresó, sí, y estaba allí, en su playa de guijarros, sintiendo por fin sosiego en el alma. Ahora jugaba con ventaja, puesto que había estado infinidad de veces en el lado opuesto, en el lado del mundo, de pie, las piernas abiertas, los brazos cruzados y el mentón adelantado, evocador; sus ojos encendidos de sol naciente, preguntándose cómo estaría su isla, al otro lado del mar.
Y lo que vio a su vuelta le encogió el corazón y le hizo sentir culpable, como si hubiese sido su ausencia la causante de aquella metamorfosis desmesurada. El pueblo de sus padres, de sus abuelos, de sus amigos, de su primer amor... su pueblo, ese pueblo de cal que había dejado atrás, no se veía por ninguna parte. Había sucumbido bajo el peso de millones de toneladas de acero y hormigón, de cristal, de asfalto, de anuncios luminosos, farolas y parquímetros, cabinas telefónicas, semáforos, paradas de autobús... Y las calles, con sus filas de árboles castrados, estaban atestadas de señales de tráfico y vehículos de todo tipo; hasta un tren turístico con pasaje de niños vociferantes y matronas pintarrajeadas y aburridas. Triste.
Las aceras, intransitables, tomadas por las terrazas de los bares y los vendedores ambulantes de discos piratas y falsas alfombras turcas, por padres con carritos de bebé, por niños en bicicleta, por las mercancías horteras de las tiendas de souvenirs. Papeleras llenas a rebosar, mierdas de perro, gente que intentaba enmascarar con perfume barato el sudor rancio, contenedores de basura malolientes, grasientos vapores de fritangas que escapaban de los restaurantes, rejillas de alcantarilla apestosas... ¿qué había sido del aroma del mar?
El progreso había llegado a su pueblo, lo había devorado y estaba haciendo una mala digestión. Ahora conducía por calles desconocidas, tan iguales a tantas otras de tantos otros pueblos devastados por la especulación, que era incapaz de distinguirlas. Súbitamente dio un frenazo que dejó marcados los neumáticos en el asfalto. El vehículo que circulaba tras él frenó a su vez, de golpe, quedándose tan cerca del suyo que tuvo que hacer maniobra para salir de allí, entre bocinazos e improperios. No hizo caso. Nada de lo que había visto hasta entonces, nada de lo que había experimentado, era comparable a lo que sintió al ver la barca. La barca que construyó su abuelo, con la que se había ganado la vida, como su padre. La barca con el nombre de su abuela, de su madre, de su hija... La barca que habla mecido sus sueños de juventud en los días de calma chicha del verano, a la sombra de la vela latina, y que ahora estaba allí, varada en el centro de una rotonda de acceso al pueblo con el suelo de color azul piscina, en una patética emulación del mar. Un mar de cemento resquebrajado con matas de hierbas emergiendo de las grietas a modo de algas. La barca, siempre blanca en su memoria, era ahora de un rojo descolorido y descascarillado por la acción del sol, y tenía pintado en grandes letras amarillas el nombre del pueblo recorriendo ambos costados de proa a popa. Grotesco. Deplorable. Doloroso.
Dejó el coche allí mismo, el motor en marcha, la puerta abierta, sin luces de emergencia... Entre groserías y toques de claxon de conductores hastiados de las vacaciones en familia caminó hacia el centro de la rotonda sin acabar de creer lo que estaba viendo. Sí, sin duda era la barca de su abuelo, de su padre... su barca. Bajo las capas de pintura que habían atesorado los años, todavía se podían leer las letras talladas en la madera. Acarició con los dedos el nombre de su abuela, de su madre, de su hija... mientras un familiar y molesto escozor llenaba sus ojos de lágrimas, que se esforzó por mantener a raya, sin conseguirlo. En un intento por contenerse las secó de un manotazo, pero le resultaba difícil dominar la rabia que sentía. Era como estar viendo a sus padres y a sus abuelos con pelucas de lana, ropas de colores chillones y las caras pintadas de payaso, para divertimento de todo el que pasara por allí, y eso no lo podía soportar. Sentía vergüenza por ellos y sentía vergüenza de sí mismo. Si hubiese regresado a su debido tiempo, eso no hubiera ocurrido jamás. Ignoraba cómo había ido a parar allí, y tampoco le importaba. Si comenzaba a indagar encontraría montones de motivos para enfadarse, cuando había regresado allí buscando la paz de espíritu que hacia años le pedía el cuerpo. No, lo dejaría correr... Pero ese no era su sitio, de eso estaba seguro, y supo con absoluta certeza lo que tenía que hacer: iba a devolver la dignidad a la memoria de su familia.
Todavía ágil, se encaramó a la borda y subió con poco esfuerzo. Se sentó en la bancada de popa y, mientras acariciaba la caña del timón y volvía a sentir ese tacto casi olvidado, comenzó a urdir su plan. Los conductores le miraban con cara de asombro, y un par de adolescentes que iban en moto le gritaron algo que no entendió, pero nada de todo eso le importaba. Sonreía con una sonrisa firme y serena. Sonreía también con los ojos, brillantes ahora de determinación.
Los días siguientes fueron de reencuentro con sus viejos amigos, ya viejos. No estaban todos. Los que quedaban no le recriminaron la ausencia, la falta de noticias. Le abrazaron, alguno lloró, jugaron a las cartas, bebieron vino de la tierra, rieron, comieron comidas que recordaba su mente, pero no su paladar, conoció a sus hijos, pasearon por los escasos vestigios que quedaban en pie del pueblo que él recordaba, escucharon su lamento y le prometieron auxiliarle en su cruzada. Y volvieron a beber vino de la tierra para rubricar la decisión.
Contrató un camión con pluma y un remolque para embarcaciones y una mañana, bien temprano, él y sus amigos tomaron la rotonda. Estaban de buen humor; eran otra vez aquellos críos que se peleaban con los del pueblo de al lado con sus espadas de madera y sus sombreros de cow boy de plástico rígido, pero ahora iban armados con mazas y cinceles. Destruyeron los anclajes que sometían a la barca, liberándola de su estática condena. Las barcas se han de mecer, encabritarse al compás que les dicte el mar, han de retozar con él y dejarse acariciar. La suya es una relación sensual, han de estar en continuo contacto, en un cortejo sin fin. Le acudieron a la mente aquellos versos que leyó alguna vez: “Una barca en tierra, ¿hay algo más triste?”
Resultaban curiosas las miradas indiferentes de los conductores más madrugadores, y llegó a pasar una patrulla de la policía local que ni siquiera paró. Los más grandes robos se cometen en las narices de los propios custodios. El buen humor aumentaba y el trabajo avanzaba a buen ritmo. Una vez libre, le pasaron unas cinchas por debajo de la quilla y, con sumo cuidado, la pluma la izó, y la barca volvió a la vida: se estaba meciendo de nuevo. Le crujían las tablas de la panza, pero eso quedaría solucionado en cuanto entrara en contacto con el agua. Algo de brea y unas gotas de aceite de linaza también ayudarían. Y unas manos de pintura, claro. Se le ocurrió que parecía una mujer coqueta que estuviese pidiendo a gritos un tratamiento intensivo de belleza para volver a enamorar a su amante. Y él se lo iba a dar, por supuesto que sí; él iba a hacer posible esa reconciliación, al tiempo que se reconciliaría consigo mismo. A cada momento que pasaba iba recuperando su identidad. Había vivido una vida remota, error o no era otra historia, pero sabia que su epicentro había sido fijado allí en el mismo instante de nacer, creándose un vínculo eterno con aquella tierra, con aquella isla, con ese mar.
Acomodada la barca en el remolque iniciaron, en una especie de desfile triunfal, el retorno hacia el mar. Hubo que dar un gran rodeo, ya que no pudieron desarmar el mástil, y se tuvo que elegir un itinerario que estuviera exento de cables aéreos de luz o teléfono. Más de una vez dieron la vuelta, pero no les perturbó en absoluto; aquello era lo más divertido que habían hecho en muchos años. Por fin llegaron a la playa, a su playa; la única playa del pueblo que se había librado de la quema urbanística, en parte por ser de guijarros y en parte porque nunca quiso vender la casa en la que había nacido y que, mal que bien, todavía se mantenía en pie.
Entre gritos amistosos y órdenes contradictorias, y debidamente falcada con cuñas para que no escorase, la barca quedó de nuevo en el lugar que le correspondía, varada en la cala que la vio nacer, y desde donde, afortunadamente, no se divisaba el puerto deportivo ni los apartamentos de la playa grande. Aquello había sido el inicio de una fiesta a la que se fueron uniendo las mujeres, los hijos y los nietos de sus amigos, y se mezclaron las risas con comida, la música con el vino, el baile con la espuma del mar... Afloraron recuerdos, buenos y malos, lloraron a los que ya no estaban, y celebraron estar vivos. Y se puso el sol, y se acabó el vino, y enmudeció la música, y se fueron todos, y se quedó a solas con su playa, con su barca, con su mar.
Compró las herramientas necesarias para devolverle a la barca todo su esplendor y se aplicó a fondo el resto del verano. Lo primero que hizo, soplete en mano, fue arrancarle hasta el último vestigio de pintura, en una labor purificadora y descontaminante de tactos indeseables. La limpió tan a fondo como las manos de un cirujano. Alimentó la madera ya desnuda y ávida de bálsamos que le devolvieran la juventud perdida, y selló las juntas con pez, restañando sus heridas. Dedicó los días que siguieron, mientras la barca recobraba la flexibilidad y la vida, a reparar la vieja vela latina que había hallado en la cambra, a la sombra de la higuera que devoraba la casa. Por las tardes, cuando ya el cansancio hacia mella en su cuerpo, se sentaba en el porche contemplando el atardecer y comiendo las uvas pequeñas y agrias que todavía daba la vieja parra, descuidada durante años. Se ponía un disco de jazz, siempre el mismo, para recordar aquellos momentos y sensaciones cada vez que lo volviera a escuchar. Y para cenar comía higos y pan. Y bebía vino, vino de la tierra, que le caldeaba el corazón y cicatrizaba las llagas del alma. Y una vez la barca estuvo seca la pintó de un blanco tan puro que, en las horas de sol, cegaba. Y le puso una orla azul, como su mar. Y perfiló de nuevo las letras, y la barca se volvía a llamar como su abuela, como su madre, como su hija... Y parecía una novia, tan blanca, algo azul, algo viejo...
Y con el fin del trabajo concluyó también la terapia que se habla impuesto a si mismo. Ya estaba preparado para volver a ese mundo que había elegido hacía ya una vida, a ese mundo en el que había formado su propia familia. Allí esperaban su mujer, su hija, su nieta todavía no nacida... ¿se llamaría su nieta como la barca?
Y por fin estaba allí, de pie en su playa, las piernas abiertas, los brazos cruzados y el mentón adelantado, triunfal, sus ojos encendidos de sol poniente. El equipaje descansaba a su lado, sobre los guijarros, mientras veía por última vez navegar su barca, proa al mundo, mar adentro. Y el sol poniente ya no estaba, pero sus ojos seguían encendidos con el reflejo de las llamas.
Mar ::: Javier Valls

Tema: Mar
Título: "Autoretrato mediterráneo"
Técnica: Fotografía
Realización: Marzo 2010
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Mar ::: Javier Valls
ESPUMA DE MAR
Javier Valls
El cielo se había licuado y se precipitaba, pertinaz, sobre la isla. La primavera se estaba eternizando aquel año, sin querer dejar paso al estío, el anhelado verano, que se veía postergado por la extravagancia de una naturaleza caprichosa y no siempre puntual a sus citas. Privados de la línea del horizonte, que quedaba tras la densa cortina de agua, cielo y mar eran uno. Cielo gris, plomizo; mar gris, opaco. ¿Dónde estaba el sol? ¿Brillaría en algún lugar? ¿Seguiría existiendo? El encanto de la primavera estriba en su condición de preludio estival; cuando actúa como prolongación del invierno puede resultar odiosa.
La lluvia era absorbida por la arena, cuando ya millones de gotas habían dejado su impronta en ella, dándole aspecto de no haber sido hollada jamás. ¿Has paseado alguna vez por la playa en pleno aguacero? Es el sonido del fin del mundo, agua sobre agua, y detrás nada, silencio absoluto. Y por más que te esfuerces, aunque te esté mojando los pies, no puedes escuchar el mar, tienes que recurrir a la caracola.
“¡Que llueva, que llueva,
Aquel curso había trabajado duro, había sacado buenas notas, ¿por qué, entonces, se le castigaba de ese modo? Había transcurrido casi una semana desde que acabaron las clases, los días iban pasando, y todavía tenía las vacaciones por estrenar. Solamente salía a la calle para cumplimentar los encargos de sus padres: “Álvaro, tráete dos hogazas y un pan sin sal para el abuelo. Y que no se te olviden un bollo y una chocolatina para tu merienda”. “Álvaro, hijo, acércate al estanco a por picadura, que se me está acabando. Toma, cómprate caramelos con las vueltas”, “Álvaro, cariño...”
Estaba ya harto de tanta televisión y cansado de jugar solo; su amigo Andrés estaba pasando la varicela y tardaría varios días en poder salir. Le visitó un par de veces, puesto que él ya no corría peligro de contagio, pero el pobre tenia tanta fiebre que estaba como idiotizado. Y Ana todavía no había llegado. Se aburría tanto que llegó a añorar el colegio. Había completado un puzzle de mil piezas, y recortado y pegado dos maquetas de papel. Solamente le quedaban sus libros de aventuras en lugares remotos (y casi siempre soleados), para evadirse de aquel triste pasar el tiempo. Si al menos, en lugar de aquella lluvia sosa, hubiese temporal, podría bajar a la playa a buscar conchas, estrellas, corales, madera de deriva y fascinantes trozos de cristal que el mar habría bruñido sólo para él. Incluso a veces, tras una buena tempestad, salía con su padre y su abuelo a recolectar sepias y algún que otro pulpo que la fuerza de la resaca había expulsado del agua.
Tenía ganas de ver a Ana; ya no tardaría en llegar, ¡yupi! Desde que nació, Ana pasaba todos los veranos en la isla, en la casa de sus abuelos maternos. Normalmente venía también en Navidad y en Pascua, mas esta vez los acontecimientos se habían aliado en su contra. Poco antes de las fiestas navideñas había fallecido su abuela de allá, y no pudieron venir por el luto, y en los días previos a
Por suerte, sostenían una correspondencia bastante regular que les mantenía en contacto. Cuando recibían carta de ella, se reunían él y Andrés y le escribían conjuntamente, unas líneas cada uno, en una exposición de hechos e intenciones ingenua como la confesión de un niño al sacerdote. Algunas veces le metían un chicle o un paquete de magnesia dentro del sobre; otras, cromos, dibujos o planos de tesoros que habían enterrado especialmente para ella, y que tendría que encontrar a su regreso. Eran tesoros de canicas, piñas, encendedores vacíos, bombillas fundidas y chapas de botellas, que iban recolectando pacientemente durante todo el año. ‘Mamá, cuando se te acabe ese carrete de hilo me lo das, ¿vale?’, “Papá, ¿me puedo llevar esta tuerca tan chula?, “Abuelo, ¿me das...?” Pedacitos de imán, plumas de gaviota, carteritas de cerillas de las que daban en los bares o hermosos y relucientes caparazones de escarabajos que hubieran pasado a mejor vida, todo iba a parar a las cajas de lata del Cola-Cao que hacían las veces de cofre...
¡Vaya! Parecía que por fin escampaba. Gotas de sol se mezclaban con las gotas de lluvia y los relámpagos de tormenta eran sustituidos por rayos de luz. Caracol, col, col, saca tus cuernos al sol... Volvía la vida y los truenos se tornaron trinos, se oía suave el oleaje y alborozado el bullir del pueblo que salía de su letargo. El humo ya no se estancaba en los terrados y los tejados, en balcones y callejas, formando aquella niebla acre difícil de respirar. Fluía, huía de las chimeneas directo hacia el cielo, ascendiendo en columnas tan rectas como si en vez de subir, cayera en picado, y el sol, recién puesto en mitad del cielo, empezaba a secar el mundo. Las gaviotas se posaban estridentes en la playa, entre graznidos y conatos de peleas que quedaban en nada, riñas de comadres, rebuscando entre las algas algo que llevarse al buche: pececillos, cangrejos, cualquier cosa susceptible de ser digerida con que la marea les hubiese obsequiado. Las gaviotas siempre prefieren que alguien pesque para ellas, por eso acompañan a los pescadores en su regreso a puerto.
Álvaro corrió a la orilla del mar, sediento de libertad, y las pusilánimes aves revolotearon para posarse unos metros más allá. Se hizo con algunos guijarros planos, que lanzaba al agua haciéndolos rebotar, tres, cuatro, ¡cinco veces! Encontró erizos, esponjas naturales y sintéticas, tomates de mar y un zapato con la suela despegada, nada con que pudiera engrosar sus tesoros. Aspiró profundamente con los ojos cerrados, alzando la cabeza hasta que su nariz quedó perpendicular al cielo. Al abrirlos algo hizo que los abriese todavía más: un deslumbrante arco iris con los colores más intensos que había contemplado jamás. Se quedó mirándolo, fascinado. Él sabia que el arco iris era un fenómeno físico, lo había estudiado en clase; refracción de la luz, sin más, por más que su lado romántico no podía evitar verlo como presagio de buenos augurios.
—¡Eh! Que te vas a caer de culo...
¡Lo sabía! Sabía que el arco iris no lo podía engañar. Se giró en redondo y echó a correr en dirección a la voz con los brazos abiertos.
—¡Ana! Aaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh! —gritaba mientras corría.
Llegó hasta donde estaba ella y, sin aminorar la carrera, se le tiró en plancha. Cayeron juntos al suelo, riendo, y rodaron abrazados por la arena mojada, que se les quedó pegada al pelo y a la ropa. Tras varias vueltas y forcejeos, Álvaro quedó tendido boca arriba con Ana sentada a horcajadas sobre su estómago y sujetándole los brazos con aire triunfal.
—Te dije que algún día te ganaría, chaval.
Él todavía no salía de su asombro. Le había vencido aquella enana mocosa de trenzas largas y prietas y lo tenía allí, sometido. Hizo un esfuerzo por soltarse, deseando que nadie hubiese sido testigo de aquella humillación, pero ella lo atenazaba firmemente. Desde aquella posición pudo ver que la enana ya no lo era tanto; el tiempo que había pasado desde el último verano había obrado en ella algunos cambios que resultaban, cuanto menos, turbadores. Las trenzas eran ahora una melena lacia y brillante, sujeta por una diadema y había desaparecido la ortodoncia, dejando ver unos perfectos y blanquísimos dientes. No recordaba que sus labios fueran tan carnosos y, donde antes no había nada, despuntaban ahora dos inesperados pechos ¡de chica! Se abrieron las nubes dando paso al sol que, situado detrás de Ana, le confería un aura dorada y luminosa que cegaba a Álvaro y le obligó a entrecerrar los ojos.
—Está bien, me rindo —concedió él de mala gana. —Tú ganas... ¡Deja que me levante, que no veo nada!
Ana lo liberó y ambos se pusieron en pie, pudiendo así comprobar Álvaro que ella, siempre de estatura inferior a la suya, era ahora de su misma alzada.
—Has crecido, enana.
—Tú también —dijo ella, sacudiéndose la ropa.
—Tú más; me has alcanzado.
—Ahora ya estamos en igualdad de condiciones, abusón.
Y diciendo esto, le dio un empujón y huyó a la carrera, chillando de miedo y excitación, y segura de que él la seguiría. Efectivamente, Álvaro se lanzó en su persecución y, como no podía alcanzarla, se abalanzó a sus pies como se tiran los porteros de fútbol para parar los balones. Consiguió agarrarla de un tobillo y ella cayó de bruces, riendo y jadeando a un tiempo. Se sentaron en la posición birmana, rebozados de nuevo en arena y él, con el orgullo de haber podido mantener su supremacía, le dijo:
—¿Lo ves? Todavía puedo contigo, enana.
—Es porque me he dejado —contestó ella haciendo una mueca burlona.
—Si, sí, ya... Bueno, ¿cuándo has vuelto? ¿Por qué no has venido a verme antes?
—He llegado esta mañana, y cuando os iba a ir a buscar a Andrés y a ti, mi abuela me ha dicho que con aquel diluvio ni soñara con salir a ninguna parte. En cuanto ha dejado de llover he escapado de casa disparada. Sabía que te encontraría aquí.
—Sí. Tenía muchas ganas de verte. Además, Andrés está con la varicela y no puede salir. Me estaba aburriendo como una ostra, pero ahora ya estás aquí...
De pronto, sin saber por qué, en una de esas ocasiones en que la lengua es más veloz que la mente, dijo:
—Estás muy guapa.
Dicho esto, se puso violentamente rojo. No sabía qué le había impulsado a hacerlo. Las niñas del pueblo llamaban ‘chicote’ a Ana, porque siempre iba con Álvaro y Andrés (el equipo A, se autodenominaban) y no quería jugar con ellas, y la verdad era que él mismo no disentía mucho de aquella opinión. Sin embargo, ahora estaba pensando en su “amigo” Ana en términos de hermosura. Inconcebible. Ella, sonrojada también por lo inesperado de aquella declaración, le mandó callar.
No obstante, no se le había pasado por alto la transformación que había convertido al Álvaro niño en un muchacho al que no podía evitar mirar de otra forma. Para salir de aquella situación embarazosa, desvió la conversación hacia temas más inocuos. Mientras construían un castillo de arena, estuvieron hablando de todas las cosas que les habían ocurrido en el último año. Lanzaron piedras al mar, compitiendo por ver quién llegaba más lejos, hicieron guerra de arena, pasearon descalzos por el agua, se contaron películas y chistes, y se rieron tanto que la risa les dolía. El cielo ya era azul y el mar, que tomaba su color de aquel, también. Y ellos habían vuelto a ser los de antes, los de siempre.
Al día siguiente. Álvaro volvió a visitar a Andrés.
—Ana ha llegado ya, y me ha dicho que te diga que no podrá venir a verte porque ella no ha pasado la varicela. Toma, me ha encargado que te dé estos tebeos para que no te aburras tanto. ¿Cómo estás hoy?
—Me encuentro mejor —le respondió Andrés —, aunque el médico dice que todavía tardaré por lo menos una semana en salir, para no ir contagiando a todo el mundo. Claro, como no se tiene que quedar él en casa.
Álvaro, sorprendido de su propia mezquindad, se alegró secretamente. Podría estar a solas con Ana. Cuando se encontró con ella el sol ya calentaba con todo el rigor del verano. Las enciclopedias definen al mediterráneo como un clima suave de inviernos templados y veranos cálidos, eso dicen. Lo cierto es que es extremadamente autoritario y brusco en sus cambios. Habían pasado repentinamente de una primavera aterida, a la canícula excesiva de calma chicha y sol cegador en la cal de las casas. Tras las lluvias la playa se llenó de sombrillas, como si de setas multicolores se tratara. Se abrían de par en par los balcones de las casas, y las terrazas del paseo, y se bajaban toldos y persianas. A la hora de la siesta moría el pueblo.
Pasaron los primeros días de bonanza disfrutando de la novedad del encuentro, entre baños, juegos y competiciones de todo tipo. Robaban brevas, que saboreaban a pie de higuera, almendras que cascaban con piedras y uvas tan dulces que escocían en la garganta. Escribían mensajes y los metían en botellas que lanzaban al mar, observaban fascinados a los escarabajos peloteros en sus menesteres y cogían higos chumbos ayudándose de ramas en horquilla. Los abrían con la vieja navaja de pescador que había regalado a Álvaro su abuelo, y comían con deleite la pulpa jugosa y exquisita. El sol iba tostando su piel y Ana tenía ya la nariz salpicada de sus pecas características.
Había una zona de la playa donde solían jugar, junto a la desembocadura de lo que ellos llamaban “el río”, y que en realidad no era más que un torrente que sólo traía agua en época de lluvias. El resto del año, el lecho pedregoso bordeado de cañas y pinos se mantenía seco, y en él campaban a sus anchas adelfas, jaras y zarzas, feraces ese año por la abundancia de lluvias. Era una zona rocosa que no frecuentaban los bañistas. Junto a la desembocadura había, varados en la arena, tres grandes botes de los que se utilizaban con anterioridad a la construcción del puerto para embarcar naranjas en los cargueros extranjeros que fondeaban en la bahía. Álvaro había visto las fotos de su abuelo a bordo de aquellos botes que eran tirados por bueyes para sacarlos del agua. Aunque se caían de viejos, dos de ellos estaban aún dispuestos como si fueran a hacerse a la mar. El tercero estaba boca abajo, escorado a un lado. Allí jugaban ellos a contrabandistas, aventureros y corsarios, incluida Ana, que nunca consintió en ser una princesa en apuros.
Un día decidieron explorar “el río”. Lo iban remontando saltando de roca en roca, se detenían en las charcas para observar a los renacuajos y cazar libélulas, y se comían las zarzamoras maduras que encontraban a su paso. Esa mañana no había amanecido muy clara, y el cielo se fue cubriendo paulatinamente de nubarrones de color de “panza de burra”, como llamaba el abuelo a las nubes de tormenta. Sintieron una ráfaga de viento frío, presagio de la inminencia del chubasco. El olor a tierra mojada precedió a las primeras gotas, lo que les hizo tomar apresuradamente el camino de regreso que, dado lo abrupto del terreno, no era fácil. Comenzó a caer un chaparrón como sólo allí sabía hacerlo y, para cuando se quisieron dar cuenta ya estaban empapados de agua. No es que a ellos les importase demasiado, lo que ocurría era que en casa les regañaban si volvían con la ropa mojada, cosa bastante habitual, por otra parte. Siguieron corriendo y llegaban casi a la playa cuando un furibundo pedrisco ametralló el mundo. Se refugiaron a toda prisa bajo el bote volcado. La lancha era grande y formaba una bóveda espaciosa que les permitía estar sentados en la arena, que allí debajo se mantenía seca.
—Duelen, ¿eh? —preguntó Álvaro, refiriéndose o las grandes piedras de granizo que golpeaban el casco de la lancha, atronando sus oídos. Sacó la mano y cogió un puñado de ellas.
—Mira, parecen nueces.
—Sí. Se me va a llenar la cabeza de chichones —contestó Ana riendo entrecortadamente por la fatiga.
—Y nos hemos calado hasta los huesos...
Ana asintió con la cabeza. Pese a la carrera, estaba tiritando, y frotándose los brazos con ambas manos dijo, en tanto que se arrimaba a Álvaro:
—Tengo mucho frío.
Él la abrazó con un abrazo grande, para darle el calor que ella necesitaba, y se mantuvieron así durante un buen rato. Su ropa empezaba a secarse entre nubecillas de vapor. Ana siguió temblando durante un rato. Ninguno de los dos hablaba. Al fin se le distendieron los músculos, rígidos por la tiritona, y pudo respirar hondo, mas no hizo nada por salir del cerco formado por los brazos y el pecho de Álvaro. Allí, en aquel útero protector, se sentía bien, estaba relajada, al amparo de aquel navío que ahora navegaba del revés, abrigada por su amigo. Ambos estaban experimentando sensaciones ni siquiera imaginadas hasta entonces. Se les agolpaban en la mente preguntas con nuevos enunciados, aunque ninguno de los dos se atrevió a decir nada, por temor a romper el hechizo. Él notó el relax que experimentó el cuerpo de Ana, pero tampoco deshizo el abrazo. Sentía ahora la calidez que despedía su cuerpo, el aroma limpio de su pelo mojado, y sentía que quería estar siempre así; sentía... no sabia qué era lo que sentía, sólo sabía que no quería dejar de sentirlo. Tímidamente, acercó su boca a la de ella, y la besó. Fue un beso ingenuo y torpe. Y ella le devolvió el beso. Un beso tierno y limpio, blanco y fresco... como la espuma de mar. Y el abrazo se hizo mutuo.

